
“Promotora de justicia social”
María Augusta Urrutia (1901–1987) fue una figura determinante en la transformación social y urbana de Quito en el siglo XX. Heredera de una tradición familiar vinculada a linajes históricos como el de Juan Pío Montúfar, segundo Marqués de Selva Alegre, decidió convertir su fortuna, integrada por haciendas como La Granja, Rumipamba y La Carolina, en un compromiso sostenido con el bienestar colectivo. En 1939 destinó prácticamente todos sus bienes a la creación de la Fundación Mariana de Jesús, orientada a vivienda, salud y educación.
Su primera gran obra antecedió a la fundación: en 1932 creó un comedor infantil en su casa, ubicada en el Centro Histórico de Quito, que atendió a 100 niños por día aproximadamente.. En una época marcada por barreras sociales, abrió su hogar para alimentar diariamente a niños de escasos recursos, cuestionando los paradigmas de la élite quiteña y acercándose de manera directa a sectores vulnerables. No delegó esta labor; la integró en su vida cotidiana.
Con el crecimiento acelerado y segregado de la ciudad, Urrutia identificó que el acceso a vivienda digna era una urgencia central. A través de la Fundación Mariana de Jesús se consolidó como un actor con incidencia en el desarrollo urbano, articulando acciones con el Municipio en medio de planes reguladores y procesos de expansión territorial
Entre sus obras más emblemáticas destacan la Urbanización Solanda, concebida para familias obreras con viviendas progresivas y equipamiento comunitario, y la Ciudadela La Granja, planificada bajo el modelo de ciudad-jardín para clases medias. Esta última generó recursos para sostener proyectos sociales dirigidos a sectores populares y vulnerables, estableciendo un mecanismo solidario de redistribución urbana.
María Augusta Urrutia transformó el patrimonio privado en infraestructura, oportunidades y comunidad. Su legado no sólo alivió necesidades inmediatas: influyó estructuralmente en la configuración de Quito y en la vida de miles de personas.

