Hay preguntas que piden algo más que una respuesta hablada. Piden una manera de vivir y de estar juntos. La pregunta de ¿cómo vivimos nuestra identidad ignaciana hoy? es una de ellas. Si la guardamos en un archivo y la reducimos a una placa conmemorativa, se apaga. La misma empieza a vivir cuando nos incomoda lo bastante para cambiar nuestro modo de trabajar y de querernos.
Estas preguntas se las responde desde un lugar incómodo, el de la crisis. En las horas difíciles, cuando una obra tambalea, se ve cómo vamos construyendo nuestra comunidad. Y suele aparecer entonces una figura antigua y seductora, que es la de esperar a un salvador. Buscamos a la persona providencial que llegará a arreglarlo todo, a alguien con talento suficiente para sacarnos del pozo él solo. La tentación se entiende bien. El problema es que ese salvador es un espejismo, uno de esos que dibujan agua en el desierto donde no la hay. Frente a eso, Francisco nos recuerda que «los sueños se construyen juntos» (Fratelli tutti, 8).
Conviene mirar entonces a Íñigo de Loyola, y conviene mirarlo en el suelo más que en las estatuas. En Pamplona, una bala de cañón le destrozó la pierna, y con ella el sueño de gloria que llevaba dentro. Cayó. Y aquí hay un detalle que solemos pasar por alto, pues no se levantó solo. Lo cargaron y lo curaron manos ajenas, y pasó meses dependiendo de otros para todo. Su conversión llegó en esa cama, en la fragilidad de quien ya no puede valerse por sí mismo. Fue obra de un tiempo lento, el de una herida que tarda en cerrar.
De aquella caída nació algo que Íñigo jamás pensó como tarea de uno solo. Reunió compañeros, se hizo con ellos amigos en el Señor, y a esa amistad la llamó Compañía. La identidad ignaciana fue plural desde su primer latido. Ningún jesuita se salva en soledad; pertenece a un cuerpo que lo sostiene y lo acompaña, y que discierne con él lo importante.
Lo que vale para las personas vale igual para las instituciones. Una institución en crisis se parece bastante a aquel hombre de la parábola, asaltado y abandonado al borde del camino. Ante él volvemos a sentir la misma tentación. A veces pasamos de largo, convencidos de que ya se las arreglará algún otro. Otras veces nos quedamos quietos, esperando a que un solo héroe cargue con todo el peso.
Pero incluso el buen samaritano supo que solo no podía. El mismo Francisco lo hace notar; el samaritano «necesitó de la existencia de una posada» para resolver aquello que en ese momento no alcanzaba a garantizar por su cuenta (cf. Fratelli tutti, 165). Hizo falta el que se detuvo en el camino, y también el posadero que lo recibió, el dinero que se puso sobre la mesa y la promesa de volver a pagar lo que faltara. Aquel herido se salvó por varias manos, y desde el primer instante.
A una institución nadie la salva en solitario. En medio de una crisis no aparecen salvadores; aparecen, cuando hay fe y un poco de suerte, comunidades que deciden quedarse y no soltar. Se la saca del hueco entre todos, atando las voluntades unas a otras como un cordaje que aguanta el peso. Por eso resuena con tanta fuerza aquello de que «nadie se salva solo […] únicamente es posible salvarse juntos» (Fratelli tutti, 32).
Lo que rescata a una obra es la unión de las voluntades, que pesa siempre más que la brillantez de un ego. El personalismo, ese impulso de querer ser el centro y el imprescindible, suele esconder en el fondo una forma elegante de soledad. Y la soledad nunca sacó a nadie de un pozo.
El carisma ignaciano propone otro camino; el del cuerpo apostólico. Somos miembros los unos de los otros. Pensamos y decidimos como cuerpo, en un discernimiento compartido donde la voz del último cuenta tanto como la del primero. Integrar las diferencias cuesta más que borrarlas, y borrarlas terminaría asfixiándonos a todos. Por eso conviene recordar que «la unidad es superior al conflicto» (Evangelii gaudium, 228). Es una unidad que no aplana a nadie, capaz de resolver las tensiones en un plano más alto sin perder lo valioso de cada parte.
Por eso una institución es siempre más que la suma de quienes la forman. Se lo representa bien en el principio:«el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas» (Evangelii gaudium, 235). Y no conviene olvidar algo decisivo: ese todo no existe sin cada una de sus partes. Un cuerpo se queda sin vida cuando le faltan miembros. La unión de las voluntades necesita a todas las personas, también a las que avanzan más despacio, también a las que un día se equivocaron y todavía tienen algo que aportar.
Entonces, ¿Cómo encarnamos, hoy, la identidad ignaciana? La encarnamos cuando renunciamos a la épica del salvador solitario y aprendemos la paciencia humilde del «nosotros». La encarnamos cuando la misión nos importa más que el protagonismo. Y la encarnamos, sobre todo, cuando frente al hueco dejamos de preguntar quién nos salvará y empezamos a preguntarnos cómo nos salvamos juntos.
Amamos y servimos tejidos unos con otros. Nos sostenemos entre nosotros y cargamos por turnos al herido que a veces es la propia casa.

