Acompañar requiere saber estar, escuchar y ponerse en los pies del otro

Belén Carrillo, Directora Nacional de JRS Ecuador

Desde septiembre de 2023, Belén Carrillo lidera el JRS Ecuador, aunque su vínculo con esta misión comenzó mucho antes. En 2011 conoció de cerca el trabajo del JRS en Esmeraldas, acompañando a personas desplazadas por el conflicto armado en Colombia. Aquella experiencia marcó profundamente su manera de entender el trabajo humanitario y sembró en ella una convicción que hoy guía su liderazgo: acompañar es, ante todo, caminar junto a las personas con humanidad, escucha y respeto.

En su testimonio, Belén describe al JRS no solo como una organización humanitaria, sino como una misión compartida donde los valores ignacianos de dignidad, solidaridad, compasión, esperanza, justicia y reconciliación cobran sentido en el encuentro cotidiano con familias refugiadas, migrantes y desplazadas. Para ella, liderar implica servir, escuchar y construir espacios donde las personas puedan sentirse reconocidas en su dignidad y capaces de volver a soñar.

“Las personas refugiadas y desplazadas no están definidas por lo que han perdido, sino por su fortaleza y capacidad de reconstruir sus vidas”, afirma, resaltando que son protagonistas de sus propias historias y que el acompañamiento comienza por reconocer plenamente su humanidad.

Uno de los momentos más transformadores que comparte fue el acompañamiento a una mujer venezolana sobreviviente de violencia, quien, a través de espacios de escritura creativa y apoyo psicosocial, logró poco a poco recuperar su voz, su identidad y la posibilidad de imaginar un futuro más allá del miedo. Para Belén, experiencias como esta recuerdan que el trabajo humanitario no consiste únicamente en responder a emergencias materiales, sino también en ayudar a restaurar la esperanza, la confianza y la dignidad.

Belén también reconoce los grandes desafíos que enfrenta actualmente la región: la creciente normalización de la xenofobia y la discriminación, el avance de la violencia vinculada a grupos armados y estructuras criminales, y la urgencia de fortalecer respuestas sensibles frente a la violencia de género y sexual que afecta especialmente a mujeres refugiadas y migrantes.

Aun así, insiste en que la esperanza sigue presente en las redes de solidaridad que nacen incluso en contextos marcados por el miedo y la incertidumbre. Comunidades que se reconstruyen, organizaciones que acompañan y equipos que continúan cuidándose mutuamente son, para ella, señales concretas de que todavía es posible construir reconciliación y justicia.

Su testimonio recuerda que la espiritualidad ignaciana encuentra sentido en el encuentro con el otro. En el rostro de las personas refugiadas, de las mujeres que recuperan su voz y de las familias que siguen soñando a pesar del desarraigo, permanece viva la invitación a caminar juntos.


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